Cerré los ojos para sentir la
brisa golpeando mi cara. Aquella era una sensación fantástica, me recordaba al
paraíso, donde nunca había estado. Las gaviotas emitían sonidos mientras
volaban, los perros correteaban de un lado a otro, mientras, la gente estaba
relajada en aquella playa tan bonita.
-
Me encanta verte tan feliz, parece que
últimamente estás de mejor humor – me dijo Lara, mi mejor amiga.
-
Eso es porque puedo pasar más tiempo contigo.
Echó una risita por lo bajo,
luego golpeó mi brazo, la había avergonzado. Sentí agua que caía sobre mi
cuerpo, mojándome un poco por todo.
-
Miguel, no tiene gracia – le dije muy seria –
moja a tu novia y a mí déjame tranquila.
-
Vale, vale, no me muerdas. Seguro que si te
hubiese mojado tu hermano no te habrías puesto así, ¿verdad, Isma?
Miré a Ismael, desafiante,
advirtiéndole que no le diese la razón. Él no habló y se sentó en un trozo de
mi toalla.
Los turistas paseaban de un lado
a otro por la orilla, sentí curiosidad sobre qué pensaban acerca de nuestro
pueblo, quizás les gustaba, o quizás no.
-¿En qué piensas? – Me preguntó
Ismael - ¿En lo guapo que soy? – le puse mala cara, dándole a entender que
estaba enfadada, aunque no era así.
Cuando empezó a hacer frío nos
fuimos los cuatro de allí, la madre de Isma probablemente estaría enfadada si nos
retrasábamos mucho con el frío que hacía, Septiembre llegaba con fuerza, aún
así, aprovechamos el poco sol que había para ir a la playa.
Miguel e Ismael eran muy buenos
amigos, por eso él salía con Lara, porque Ismael y yo se la habíamos
presentado.
Llegamos a casa, ya nos habíamos
despedido de nuestros amigos. Mamá ya nos había preparado la cena. Aunque Celia
no fuese mi madre la empecé a tratar como tal desde el accidente.
- Después voy
a ir a ver a mi padre – les avisé.
- Hoy no vayas
– me pidió ella – es mejor que duermas, mañana debes ir a clase.
Últimamente pasaba menos tiempo
en el hospital, donde mi padre se encontraba en estado de coma, pero sentía la
necesidad de ir a verlo en ese momento, aún así, obedecí a mamá y seguí
cenando.
Me duché rápidamente y me lavé
los dientes, seguidamente me quité las lentillas y fregoteé mi cara con leche
limpiadora.
Entré en mi habitación, me
encantaba el olor a fresa que esta tenía, mamá me había comprado un riquísimo
ambientador. Para mi sorpresa, alguien estaba en mi cuarto.
- ¿Qué haces
aquí? – le pregunté a Ismael.
- Vine a darte
las buenas noches, ¿no me darás un beso? – me señaló su mejilla para que lo
besase.
- Hoy no, vete
a dormir – le pedí.
El salió poniendo su cara triste,
así que lo besé rápidamente, robándole una sonrisa fugaz.
Pronto me fui a dormir para que
se me pasase más rápido esa angustia por saber que empezarían las clases.
Estaba en segundo de Bachillerato, ese año no sería nada sencillo.
Cuando mi madre falleció y mi
padre quedó en coma estuve tan mal que mis estudios fueron de mal en peor, así
que repetí algún curso. Después, cuando fui asumiéndolo, aprobé sin ningún
problema, aún así estaba nerviosa para enfrentar el último año en el instituto.
Por la mañana me levanté a correr
ya que me había quedado dormida, al igual que Isma. Si no apurábamos
perderíamos el bus y, probablemente, tendríamos que enfrentarnos a la vergüenza
de llegar tarde el primer día.