miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 1.

Cerré los ojos para sentir la brisa golpeando mi cara. Aquella era una sensación fantástica, me recordaba al paraíso, donde nunca había estado. Las gaviotas emitían sonidos mientras volaban, los perros correteaban de un lado a otro, mientras, la gente estaba relajada en aquella playa tan bonita.
-          Me encanta verte tan feliz, parece que últimamente estás de mejor humor – me dijo Lara, mi mejor amiga.
-          Eso es porque puedo pasar más tiempo contigo.
Echó una risita por lo bajo, luego golpeó mi brazo, la había avergonzado. Sentí agua que caía sobre mi cuerpo, mojándome un poco por todo.
-          Miguel, no tiene gracia – le dije muy seria – moja a tu novia y a mí déjame tranquila.
-          Vale, vale, no me muerdas. Seguro que si te hubiese mojado tu hermano no te habrías puesto así, ¿verdad, Isma?
Miré a Ismael, desafiante, advirtiéndole que no le diese la razón. Él no habló y se sentó en un trozo de mi toalla.
Los turistas paseaban de un lado a otro por la orilla, sentí curiosidad sobre qué pensaban acerca de nuestro pueblo, quizás les gustaba, o quizás no.
-¿En qué piensas? – Me preguntó Ismael - ¿En lo guapo que soy? – le puse mala cara, dándole a entender que estaba enfadada, aunque no era así.
Cuando empezó a hacer frío nos fuimos los cuatro de allí, la madre de Isma probablemente estaría enfadada si nos retrasábamos mucho con el frío que hacía, Septiembre llegaba con fuerza, aún así, aprovechamos el poco sol que había para ir a la playa.
Miguel e Ismael eran muy buenos amigos, por eso él salía con Lara, porque Ismael y yo se la habíamos presentado.
Llegamos a casa, ya nos habíamos despedido de nuestros amigos. Mamá ya nos había preparado la cena. Aunque Celia no fuese mi madre la empecé a tratar como tal desde el accidente.
- Después voy a ir a ver a mi padre – les avisé.
- Hoy no vayas – me pidió ella – es mejor que duermas, mañana debes ir a clase.
Últimamente pasaba menos tiempo en el hospital, donde mi padre se encontraba en estado de coma, pero sentía la necesidad de ir a verlo en ese momento, aún así, obedecí a mamá y seguí cenando.
Me duché rápidamente y me lavé los dientes, seguidamente me quité las lentillas y fregoteé mi cara con leche limpiadora.
Entré en mi habitación, me encantaba el olor a fresa que esta tenía, mamá me había comprado un riquísimo ambientador. Para mi sorpresa, alguien estaba en mi cuarto.
- ¿Qué haces aquí? – le pregunté a Ismael.
- Vine a darte las buenas noches, ¿no me darás un beso? – me señaló su mejilla para que lo besase.
- Hoy no, vete a dormir – le pedí.
El salió poniendo su cara triste, así que lo besé rápidamente, robándole una sonrisa fugaz.
Pronto me fui a dormir para que se me pasase más rápido esa angustia por saber que empezarían las clases. Estaba en segundo de Bachillerato, ese año no sería nada sencillo.
Cuando mi madre falleció y mi padre quedó en coma estuve tan mal que mis estudios fueron de mal en peor, así que repetí algún curso. Después, cuando fui asumiéndolo, aprobé sin ningún problema, aún así estaba nerviosa para enfrentar el último año en el instituto.

Por la mañana me levanté a correr ya que me había quedado dormida, al igual que Isma. Si no apurábamos perderíamos el bus y, probablemente, tendríamos que enfrentarnos a la vergüenza de llegar tarde el primer día.

Prólogo.

Recordaba aquel día como si hubiese ocurrido recientemente. Cuando eso sucedía, todo mi cuerpo se estremecía por aquel dolor que me había abatido años atrás.
Ismael y yo estábamos jugando en su casa, al cuidado de sus abuelos. Nuestros padres habían decidido viajar en coche durante una semana, por lo tanto, puesto que yo no tenía familia directa, exceptuando mis tíos, con los que mis padres no se llevaban bien, me quedé a cargo de la familia de mi mejor amigo.
Durante ese tiempo nos divertimos mucho, sólo teníamos nueve años y nunca nos cansábamos de hacer travesuras, corretear y saltar. Dormíamos en la misma habitación pero cada uno en una cama diferente, aunque muchas veces él venía a la mía y contábamos ovejas para quedar dormidos.
Lo que no esperábamos  era que transcurrido el tiempo que nuestros padres estarían fuera nos llevaríamos un duro golpe.
Era Domingo, hacía mucho frío, entonces alguien llamó a la puerta.
La abrí sin cerciorarme de quién era. Un señor con bigote me observaba cabizbajo. Pude ver tristeza y pena en su mirada, luego habló:
-¿Es aquí el hogar de la familia Romero?
Asentí lentamente, luego lo dejé pasar. El hombre entró poco a poco, buscando alguien adulto con quién pudiese hablar. Una tetera en la cocina hizo ruido al hervir, la abuela de Ismael debía estar cerca. El policía entró en la cocina y la encontró, entonces dijo una frase que me hizo hervir la sangre, como aquella tetera que seguía sonando en la cocina, hervía como el caldo que había en ella, calor, mucho calor, luego sentí que mis pies ya no podían sostenerme más.
-Disculpe, señora, ¿es usted la suegra del señor Carlos Romero? – Ella asintió en silencio, con los ojos perdidos en alguna parte – El coche que manejaba se ha desbordado por un acantilado debido al desprendimiento de unas rocas. Dentro del vehículo se encontraban cuatro personas y… sólo han sobrevivido dos, su hija y otro hombre, pero este en estado crítico.
En ese momento fue cuando me derribé como aquella tetera que desbordaba.